Camélidos y pastores: una historia compartida

camélidos sudamericanos

Esta historia empieza hace 12 mil años. Estamos en un refugio rocoso a 4400 metros de altura, en Pucuncho, al sur de Perú. Un grupo de cazadores se prepara para buscar su presa: vicuñas y guanacos silvestres, de los que tomarán la lana para vestirse, la carne para hacer charqui, los huesos para tallar utensilios y objetos de arte. Las vicuñas y guanacos han aprovechado los cambios climáticos del final el Holoceno, cuando la tierra se despertó de una larga glaciación, para subir desde las llanuras, adaptándose poco a poco a vivir en la alta montaña. Y allí han encontrado, además de abundante pasto y humedales, a los humanos.

Pero esta no es una historia de rivalidad, todo lo contrario. Tuvieron que pasar milenios, no sabemos exactamente cuántos, pero sí que hace cerca de 6000 años ya los habitantes de los Andes habían comenzado a domesticar vicuñas y guanacos. Su relación cambió, y fueron cambiando ellos mismos. Las vicuñas (Vicugna vicugna, probablemente su subespecie norteña, la Vicugna vicugna mensalis) se convirtieron en alpacas (Vicugna pacos). Los guanacos (Lama guanicoe, probablemente también la subespecie norteña, Lama guanicoe cacsiliensis) se convirtieron en llamas (Lama glama). Y los cazadores se convirtieron en pastores, y sobre todo en pastoras, hilanderas y tejedoras, porque tradicionalmente en los Andes han sido las mujeres las encargadas de los rebaños.

camélidos sudamericanos, a couple of small animals standing on top of a dirt field
Vicuña | Fuente: Unsplash

Una relación que levantó un imperio

Muchos guanacos y vicuñas siguieron siendo silvestres. Antes de la conquista, se estima que la población de guanacos superaba los 30 millones de ejemplares, y los había desde la puna peruana hasta el extremo sur del continente. Al menos dos millones de vicuñas recorrían los Andes centrales, protegidas estrictamente de la caza por leyes del imperio Inca, que valoraba su fibra de lana, la más fina del mundo.

Para ese entonces, los camélidos domésticos eran un elemento fundamental de la cultura andina. Decenas de millones de llamas eran criadas por su carne, cuero o lana, y su papel como animales de carga fue fundamental para la construcción de las sociedades incaicas y preincaicas. Se estima que junto a ellas se mantenían hasta 10 millones de alpacas, que al igual que las llamas fueron cruzadas durante siglos para producir animales con pelaje de distintos colores, y las dos principales razas de alpaca: la Huacaya, de lana corta, y la Suri, de pelaje largo y muy apreciado. Las alpacas se consideraban un regalo de la Pachamama, y se veía como un sacrilegio usarlas como animales de carga.

Con la ayuda de alpacas y llamas, los andinos se convirtieron en hábiles tejedores, produciendo reservas con enormes cantidades de tejidos, y alcanzando niveles técnicos y artísticos extraordinarios. Para los pueblos originarios de la cordillera, el tejido era más que una forma de vestirse, tenía un enorme significado social, económico y político. No es de extrañar que las llamas y alpacas formaran una parte central en su cultura y sus rituales sagrados.

A shepherd tends to a herd of alpacas in the scenic Andean mountains of Arequipa, Peru.
Alpaca | Fuente: Pexels

Al borde de la extinción

En el primer siglo de la conquista, un 90% de la población de alpacas fue exterminada. Los españoles las usaron para su carne, prohibieron los rituales sagrados en su nombre, e intentaron reemplazar los rebaños por ovejas. Fue sobre todo el contacto con el ganado extranjero lo que atestó el golpe mortal: el sistema inmune de los camélidos no pudo defenderse contra un parásito traído por el ganado extranjero, la sarna, capaz de matarlas en pocos días. Los pastores andinos lograron conservarlas en pequeños números, escondiéndolas en lugares remotos del altiplano.

Además de las enfermedades, el sobrepastoreo del ganado europeo contribuyó a deteriorar los humedales y pastizales. A diferencia de ovejas y vacas, los camélidos tienen patas almohadilladas que no compactan el suelo, y los pastos que consumen están adaptados a ellos. Estudios recientes demuestran que excluir completamente los camélidos puede perjudicar a los humedales, ya que su modo de pastoreo garantiza que los pastos no predominen sobre las plantas en forma de cojín, que son fundamentales para la estructura del humedal.

La crianza de llamas y alpacas fue lentamente recuperándose, y hoy se cuentan unos 4 millones de llamas y otro tanto de alpacas en los Andes. Las vicuñas estuvieron al borde de la extinción: en 1960, quedaban menos de 10 mil ejemplares. Políticas de conservación y protección han logrado recuperar este número hasta más de 400 mil hoy. De igual manera se han recuperado los guanacos, principalmente en Argentina, donde conviven en las llanuras de la Patagonia con el ganado europeo, pero su número se estima en no más de un millón.

Two llamas stand in a grassy field with the Andes mountains in the background.
Llama | Fuente: Pexels

Recuperar la alianza

Los pastores y pastoras de alpacas y llamas siguen desempeñando su oficio ancestral en los Andes. La fina fibra de camélidos, tanto domesticados como silvestres, ha vuelto a tomar valor en el mercado mundial, y hoy en día alrededor de 150 mil familias en las sierras peruanas viven de la crianza de alpacas. Perú domina el mercado mundial, con cerca del 80% de la fibra de alpaca exportada, pero se produce también fibra de camélidos en Bolivia, Chile y Argentina.

Sin embargo, persiste una brecha importante entre el beneficio que percibe el productor y el costo de la fibra en los mercados de lujo. Guanacos y vicuñas siguen siendo silvestres, su lana de altísimo valor se consigue con la ancestral práctica del «Chaku», donde comunidades organizadas los arrean, esquilan y liberan. Pero a pesar de su valor, la cantidad de lana que produce un camélido silvestre no puede compararse con la que se obtiene de una alpaca, domesticada por siglos, al igual que lo fueron las ovejas, para optimizar su producción.

En diversos sitios de los Andes, las comunidades que crían alpacas se están organizando.

  • En Cusco se han creado cooperativas como la de Adianes de Phinaya, que adelanta iniciativas de restauración de bofedales y pastizales, implementa medidas de manejo técnico de los rebaños, y maneja centros de hilado que permitan vender la fibra con valor agregado.
  • En Arequipa, las alpaqueras de la Reserva Nacional de Salinas y Aguada Blanca han creado una estrategia para abordar las desigualdades de género llamada Sinchi Warmi, dirigida a empoderar las pastoras y asegurar su participación en los organismos de toma de decisión.

Medidas de organismos gubernamentales están también contribuyendo al manejo sostenible de las prácticas de pastoreo, como el mejoramiento genético o la creación de sellos de calidad como el RAS (Responsible Alpaca Standard), una certificación internacional voluntaria que garantiza el bienestar de las alpacas, el manejo sostenible de la tierra y las buenas condiciones sociales de los trabajadores. En 2025, la FAO ha reconocido el «Sistema integrado de ganadería camélida y agricultura en las zonas altoandinas y preandinas del norte de Chile» como uno de los SIPAM, Sistemas de Agricultura de Importancia Mundial.

Muchos son los problemas que enfrentan los criadores de llamas y alpacas andinos, y no es el menor la huída de los jóvenes a las ciudades y el abandono de las prácticas tradicionales. Pero una nueva revalorización, tanto de la fibra de lana como de los animales mismos, y del modo de vida ancestral de las comunidades, está en marcha. La alianza milenaria sigue viva.

A serene scene of llamas grazing on the mountainous landscape near Cuzco, Peru, surrounded by clouds.
Camélidos sudamericanos | Fuente: Pexels

Referencias