Imagen de portada: Ángel del Sol de Mérida, Heliangelus spencei – colibríes andinos.
¿Un ave andina? ¡El cóndor! Muy bien, ¿otra? ¡Bueno, un colibrí!
Asociamos los colibríes con un jardín o una selva más que con con las montañas, pero se podría fácilmente argumentar que esta familia de aves es característica de la cordillera. De las aproximadamente 300 especies de colibríes que pueden encontrarse en Sudamérica, más de la mitad habitan en los Andes, y casi dos tercios de éstas son endémicas de la región andina. Los colibríes han conquistado los ecosistemas andinos, desde las selvas y bosques nublados hasta las grandes alturas, desafiando el frío y el aire enrarecido.
La oportunidad evolutiva
Las montañas se caracterizan por ofrecer entornos y climas muy diversos, a menudo aislados entre sí. Para aves diminutas como los colibríes, esto puede ser una oportunidad excepcional de especiación. Cuando eventos orográficos alzaron los Andes hasta sus alturas actuales, hace unos diez millones de años, se crearon las condiciones de aislamiento que son en parte responsables de la enorme biodiversidad de nuestras montañas, incluyendo la de los colibríes.
Pero además, los colibríes forman parte de un notable fenómeno de coevolución: las flores han adaptado sus cálices a ciertas formas de pico, y los colibríes a su vez han adaptado sus picos a las flores. Juntos, flores y colibríes han logrado números tan asombrosos como las 130 especies que viven en Ecuador: el país andino más pequeño aloja más de un tercio del total de especies de colibríes registradas en el mundo. En los Andes Tropicales, el endemismo en colibríes, es decir el porcentaje de especies que solo viven en esa región, alcanza el 70%.

Sobrevivir en las alturas
Para un ave con los requerimientos energéticos de un colibrí, que puede llegar a mover sus alas 100 veces por segundo, sobrevivir las frías noches de la montaña es un desafío. Ni que decir de conseguir el sustento para sus vuelos acrobáticos en el aire enrarecido de la altura. Pero lo hacen, con trucos de adaptación que aún se están estudiando. Especies como el Chalcostigma herrani o los «chivitos de páramo» del género Oxypogon, llegan a vivir a más de 4500 metros. En las faldas del Chimborazo, al límite del área glaciar, el Oreotrochilus chimborazo bate récords, llegando hasta los 5200 metros.
El metabolismo de los colibríes es tan veloz y exigente, que han debido desarrollar una estrategia para sobrevivir las largas horas de la noche en que no se alimentan. Caen en un estado de torpor, bajando los latidos de su corazón al mínimo. Si bien todos los colibríes pueden entrar en torpor, no siempre lo hacen, pero la estrategia es especialmente útil en las zonas donde la diferencia de temperaturas entre el día y la noche es muy grande, como sucede en la alta montaña. Para mantener calientes a sus polluelos, los Oxypogon preparan nidos tibios con las hojas peludas del frailejón. Un estudio en uno de sus nidos, en Venezuela, pudo determinar la eficacia de esta diminuta construcción: se midieron temperaturas dentro del nido hasta cinco grados superiores a las del exterior.

Todos los tamaños
La variedad de colores y tamaños, de formas de cola y de picos es inmensa. En los Andes viven los colibríes más grandes del mundo, del género Patagonia. Pueden llegar a medir 25 centímetros y son protagonistas de una historia singular: durante mucho tiempo, se pensó que el género contenía una sola especie, Patagonia gigas, frecuentemente observada libando las flores de las puyas en Perú, pero también llegando hasta las costas de Chile. Un estudio reciente equipó a estas aves con una pequeña mochila con un transmisor, siguiendo su camino migratorio desde la costa chilena hasta el altiplano peruano, un viaje de más de 8 mil kilómetros que el ave realiza por etapas, adaptándose a la altura poco a poco como buen montañista. Ahora se considera que la especie migratoria es distinta de la que permanece en Perú, a la que se ha propuesto dar el nombre de Patagonia chaski.
En contraste, es también endémico de los Andes el segundo colibrí más pequeño del mundo. La hembra de Chaetocercus heliodor pueden medir 5.8 cm (solo décimas de milímetro más que el zunzuncito de Cuba) y pesar menos de 2 gramos, con todas sus plumas, sus patas y alas, y su diminuto corazón que late mil veces cada segundo. Si uno vertiera una cucharadita de agua en el platillo de una balanza, y sentara en el otro una parejita de Chaetocerchus heliodor, no lograrían levantarlo.

Fuertes, frágiles
Frágiles y delicados como se ven, los colibríes han logrado conquistar los Andes, adáptandose a las condiciones duras de la alta montaña, cumpliendo su labor indispensable como polinizadores aún bajo la incesante lluvia de la selva nublada. Reconociendo su carácter especial, en la tradición ancestral incaica y preincacia se consideraba que los colibríes eran los únicos capaces de volar entre el mundo terrenal y el de los dioses, a los que podían llevar mensajes de los hombres. Pero de nuevo, en un mundo que los humanos estamos cambiando, se hace evidente su fragilidad: 40 especies de colibríes se consideran amenazadas en los Andes, 10 de ellas en peligro crítico. Queda de nosotros protegerlos, ayudarles a redescubrir sus fortaleza para adaptarse a los cambios, y que sigan encantando las montañas andinas.

Referencias:
- Altshuler, D. L., & Dudley, R. (2004). Resolution of a paradox: Hummingbird flight at high elevation does not come without a cost. Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS).
- da Fonseca, R. R., et al. (2026). A time-calibrated phylogeny of hummingbirds supports stepwise diversification in the Andes. bioRxiv (Preprint).
- Pelayo, R. et al. (2020). Información adicional sobre la nidificación del Chivito de los Páramos Oxypogonlindenii en el norte de la Cordillera de Mérida, Venezuela Revista Venezolana de Ornitología 10: 47–51, 2020
- Williamson, J. L., et al. (2024). Extreme elevational migration spurred cryptic speciation in giant hummingbirds.Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS).



