Año Internacional de la Agricultora: El liderazgo cambiante de las mujeres en la agricultura andina

Año Internacional de la Agricultora

A medida que el 2026 avanza y entra en su recta final, el eco de la declaración de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) resuena con fuerza en cada rincón de nuestra cordillera: este es el Año Internacional de la Mujer Agricultora. No se trata de un simple festejo en el calendario, sino de un recordatorio crítico de una realidad que sostiene la seguridad alimentaria del planeta y, de manera muy especial, la de nuestra región andina. Desde las estribaciones venezolanas de Mérida hasta las gélidas tierras de la Patagonia chileno-argentina, las mujeres no solo siembran: cuidan, conservan y deciden.

Tradicionalmente invisibilizadas bajo la figura del «ayudante familiar», el papel de las productoras del campo está experimentando una metamorfosis irreversible. Según datos de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), las mujeres representan el 36 % de la fuerza laboral en los sistemas agroalimentarios de América Latina y el Caribe. En las zonas de alta montaña, esta cifra suele ser significativamente mayor debido a los fenómenos de migración masculina estacional o definitiva hacia las ciudades o centros mineros, dejando en manos femeninas la total gestión de la tierra.

Guardianas del patrimonio vivo de la cordillera

El rol de la mujer andina va mucho más allá de la fuerza de trabajo; son las ingenieras ecológicas y las guardianas de la agrobiodiversidad de la cordillera. La prueba más fehaciente de esto es su papel central en los Sistemas Importantes del Patrimonio Agrícola Mundial (SIPAM), reconocimientos otorgados por la FAO a espacios donde la cultura y la agricultura conviven en armonía perfecta. En los Andes contamos con cuatro de estos santuarios vivos, y en todos ellos el liderazgo femenino es el motor de supervivencia:

  • En los Andes del Norte (Ecuador): En el altiplano de Cotacachi, las mujeres Kichwa manejan la Chakra Andina, un sistema ancestral de policultivo donde custodian semillas nativas y garantizan la soberanía alimentaria familiar frente a la crisis climática.
  • En los Andes Centrales (Perú): A lo largo del imponente Corredor Cusco – Puno, las agricultoras lideran la gestión de los andenes (terrazas prehispánicas) y sistemas de riego a distintas altitudes. Ellas poseen el conocimiento tradicional crítico para la selección y conservación genética de las más de 4,000 variedades de papas nativas y granos andinos.
  • En el Norte de Chile: En el Sistema Integrado de Ganadería Camélida y Agricultura Altoandina, las mujeres aymaras combinan el manejo de los bofedales para llamas y alpacas con la agricultura de precordillera. Además de salvaguardar los cultivos en terrazas áridas, lideran el hilado, procesamiento y valorización de la fibra textil.
  • En los Andes del Sur y la Patagonia (Chile): El Sistema Ancestral de la Cordillera Pehuenche en el territorio Ngulumapu destaca por sus huertas biodiversas y la recolección en los bosques de araucaria. Aquí, las mujeres mapuche-pehuenche son las protectoras de las huertas de autoconsumo (donde cultivan alimentos y plantas medicinales) y lideran la recolección de piñones y hongos silvestres, adaptando la economía familiar a las duras condiciones australes.

Del surco a la toma de decisiones

Históricamente, la mujer labraba la tierra pero carecía de la titularidad de la misma y del control del dinero. Hoy, las cosas están cambiando. Aunque la FAO advierte que persiste una brecha de género global del 24 % en la productividad de la tierra debido al menor acceso histórico a créditos y asistencia técnica, las agricultoras andinas están ganando un terreno irreversible en la toma de decisiones.

El liderazgo en cooperativas locales, asociaciones de regantes y comités de comercialización ya no es un terreno exclusivo de los hombres. El empoderamiento económico de las productoras andinas está transformando la estructura comunitaria: cuando una mujer del campo administra los ingresos, estos se reinvierten directamente en la nutrición de sus hijos, la educación y la resiliencia de su entorno.

Las brechas de género en los Andes aún son grietas profundas. Sin embargo, las agricultoras andinas ya no esperan el reconocimiento externo: con o sin año internacional, ellas siguen demostrando que el futuro de la seguridad alimentaria de América del Sur germina, inevitablemente, desde sus manos.