En las alturas de los Andes, donde el aire se enrarece y la niebla abraza a los bosques, existe un pequeño mundo que sostiene la vida a gran escala. No son los árboles gigantes ni las flores coloridas, sino un tapete silencioso y húmedo: los musgos. Con aproximadamente 13,000 especies en todo el mundo, conforman el segundo grupo de plantas más diverso del planeta, solo superado por las angiospermas. Cada diciembre, una tradición navideña amenaza con arrancar literalmente la piel de este universo biodiverso, poniendo en riesgo una pieza fundamental de la resiliencia andina.
Los ingenieros ocultos de la montaña
Los musgos andinos son mucho más que decoración. En los páramos, bosques de niebla y turberas, actúan como esponjas gigantes, absorbiendo y liberando lentamente el agua que alimenta los ríos y quebradas. Protegen el suelo de la erosión, regulan la temperatura local y son el hogar y sitio de reproducción de infinidad de insectos, anfibios y microorganismos. Esta inmensa diversidad de especies –cada una adaptada a condiciones microclimáticas específicas– es lo que les permite cumplir roles ecológicos únicos. Su lenta tasa de crecimiento –a veces apenas unos milímetros por año– los hace increíblemente vulnerables. Una canasta recolectada en minutos puede arrasar con decenas de especies y tardar décadas en regenerarse.
Una tradición con un alto costo ecológico
La costumbre de usar musgo natural para armar el “suelo” de los pesebres o nacimientos navideños está profundamente arraigada en varios países andinos. Sin embargo, su extracción masiva y no regulada no amenaza a un solo organismo, sino a comunidades enteras de especies. En Perú, un estudio reveló que el 65% del musgo comercializado en Lima proviene de zonas altoandinas, donde su recolección altera la humedad del suelo, incrementa la erosión y rompe el equilibrio de ecosistemas ya frágiles, afectando a esta multitud de especies que conforman la alfombra viviente de la montaña.

Frente a la crisis: leyes, campañas y la búsqueda de alternativas
Los países andinos han respondido con distintos niveles de protección y concientización:
- Ecuador y Colombia lo han prohibido explícitamente. En Colombia, la Ley 1333 sanciona su extracción y comercialización.
- Perú, a través del SERFOR, promueve alternativas ecológicas como el musgo de fibra de coco.
- Venezuela logró, gracias a campañas como «Musguito», la emisión de una gaceta oficial que prohíbe su extracción y comercio.
- Bolivia cuenta con resoluciones que protegen a musgos y líquenes desde 1977.
- Chile encara otro frente: la extracción de musgo Sphagnum para exportación, que requiere de planes de manejo estrictos.
- Argentina, aunque sin una ley específica nacional, ve a provincias como Salta exhortando a la población a evitar su uso.
Esta disparidad normativa muestra un reconocimiento del problema, pero también los desafíos de una aplicación uniforme y de cambiar una práctica cultural que impacta a miles de especies distintas.
Biodiversidad para la adaptación
Proteger los musgos no es un capricho ambientalista; es una cuestión de protección de la biodiversidad, seguridad hídrica y adaptación climática. En un contexto de glaciares en retroceso y precipitaciones más erráticas, la capacidad de los ecosistemas altoandinos para retener agua se vuelve crítica. La diversidad de musgos es un seguro ecológico: diferentes especies responden de distintas maneras al estrés, asegurando que la función del ecosistema persista.
Esta Navidad, el verdadero espíritu de renovación y cuidado puede expresarse eligiendo alternativas: lana teñida, aserrín, papel reciclado, corcho o fibras naturales cultivadas. Al dejar el musgo en su montaña, no solo protegemos una planta, sino que respetamos la asombrosa diversidad de un linaje vegetal completo y honramos la función vital que cumple. Estamos preservando la esponja natural que asegura que, en los Andes, la vida –incluida la de las comunidades aguas abajo– siga fluyendo estación tras estación. La tradición puede evolucionar; los ecosistemas y su compleja biodiversidad demoran siglos en recuperarse. La elección es un regalo para el futuro de la cordillera.



