Un cóndor gira sobre una montaña sin mover apenas las alas. Cientos de metros más abajo, un puma avanza entre pajonales y roquedos con la discreción de quien pertenece al paisaje. Bajo sus patas, entre grietas, raíces y corrientes de agua que desaparecen en la tierra, una serpiente encuentra otro camino. Cielo, superficie y profundidad.
Es tentador mirar esa escena y encontrar en ella una antigua metáfora de los Andes. Y, de hecho, eso es lo que durante siglos han hecho distintas sociedades de la cordillera: observar la naturaleza no solamente para sobrevivir en ella, sino también para comprender el mundo.
El cóndor, el puma y la serpiente aparecen hoy reunidos bajo una expresión que se ha hecho popular: la trilogía andina. Se les relaciona respectivamente con el mundo de arriba, el mundo presente y el mundo interior o inferior. Sin embargo, detrás de esta sencilla fórmula hay una historia mucho más interesante.
No existe una única “cosmovisión andina” compartida de manera idéntica desde Colombia hasta Argentina, ni un manual ancestral que haya asignado invariablemente a estos tres animales el mismo significado. Los Andes reúnen pueblos, lenguas y tradiciones diferentes, transformadas además durante siglos de encuentros, migraciones y colonización.
Pero la asociación tampoco es una invención contemporánea sin raíces. Cóndores, felinos y serpientes poseen una profunda presencia simbólica en las sociedades prehispánicas y continúan apareciendo en relatos, rituales, tejidos, cerámicas y expresiones culturales actuales. Quizá por eso siguen fascinándonos. Porque más que explicar tres animales, parecen recordarnos tres maneras de habitar un mismo territorio.
Tres mundos que no estaban separados
Una interpretación muy difundida del pensamiento andino organiza el universo en tres ámbitos: Hanan Pacha, el mundo superior; Kay Pacha, el espacio en el que transcurre la existencia cotidiana; y Uku Pacha, aquello que está debajo, dentro o en las profundidades. La traducción puede llevarnos a imaginar tres pisos perfectamente separados, como si los antiguos habitantes de los Andes hubieran construido un edificio cósmico de tres plantas.
Pero la realidad es bastante más compleja. Los pachas no necesariamente funcionaban como compartimentos cerrados. Eran espacios relacionados. El agua podía caer desde las alturas, recorrer la tierra y desaparecer dentro de ella para volver a surgir en un manantial. Los muertos continuaban vinculados con los vivos. Las montañas conectaban el suelo con el cielo. Cuevas, lagunas y ojos de agua podían ser lugares de tránsito entre diferentes dimensiones.
Investigaciones antropológicas contemporáneas muestran que esta condición relacional sigue presente en algunas comunidades andinas. En ellas, una fuente de agua puede ser mucho más que un recurso físico: participa de una red de relaciones entre territorio, animales, antepasados y seres humanos. Es dentro de esa manera de comprender un mundo conectado donde los tres animales adquieren especial fuerza.
El cóndor: cuando la tierra toca el cielo
Pocos animales parecen haber sido diseñados para convertirse en símbolo. El cóndor andino (Vultur gryphus) puede recorrer enormes extensiones aprovechando las corrientes de aire y elevarse sobre montañas donde la presencia humana parece empequeñecerse. Su imagen ha acompañado a diferentes pueblos andinos y hoy continúa siendo uno de los grandes emblemas culturales de Sudamérica.
Su asociación con las alturas explica su vínculo con el Hanan Pacha. En distintas tradiciones, el cóndor aparece relacionado con las montañas, las fuerzas celestes o la comunicación entre dimensiones. Su importancia ha sobrevivido en relatos, fiestas, representaciones artísticas y símbolos nacionales.
Pero hay algo especialmente poderoso en contemplarlo desde nuestro tiempo. El animal que alguna vez ayudó a imaginar la conexión con el mundo superior también cumple una tarea absolutamente terrenal. Como carroñero, consume restos de animales muertos y participa en el funcionamiento de los ecosistemas. Aquello que culturalmente podía relacionarse con el tránsito entre mundos tiene, desde la ecología, otra forma de conexión: devolver materia al ciclo de la vida. Y ese símbolo está amenazado.
El cóndor vive naturalmente en densidades muy bajas y enfrenta problemas como el envenenamiento, la persecución humana y otras alteraciones de sus hábitats. Su conservación ha llevado a investigadores de distintos países a plantearlo no solamente como una especie emblemática, sino como una especie biocultural: un animal cuyo valor ecológico resulta inseparable de la historia y la identidad de los territorios donde vive. Proteger al cóndor significa entonces conservar mucho más que un ave: significa mantener una relación milenaria entre cultura y paisaje.
El puma: habitar el mundo presente
El puma no necesita volar. Su territorio es este. Por eso ha sido asociado con el Kay Pacha, el mundo de aquí: el espacio de los seres humanos, los animales, las montañas, las labores agrícolas y la vida cotidiana.
Los felinos aparecen repetidamente en el arte y la iconografía de numerosas sociedades precolombinas, aunque no siempre representen exactamente las mismas ideas. Puma, jaguar y otros grandes felinos fueron vinculados en distintos contextos con fuerza, autoridad, poder y cualidades extraordinarias. En el mundo inca, el puma adquirió además una enorme importancia simbólica. Fuentes históricas y estudios posteriores han relacionado incluso el trazado del antiguo Cusco con la figura de este animal, aunque algunos detalles de esas reconstrucciones continúan siendo discutidos.
Su vigencia plantea además una paradoja. El puma (Puma concolor) sigue recorriendo buena parte del continente y varios ecosistemas andinos, pero compartir territorio con un gran depredador no siempre resulta sencillo. Cuando la expansión humana, la reducción de presas silvestres o la ganadería colocan a personas y felinos demasiado cerca, pueden surgir conflictos. Es allí donde aquel antiguo respeto simbólico encuentra uno de sus desafíos modernos.
Admirar al puma grabado en una piedra arqueológica es fácil. Mucho más difícil es construir paisajes actuales donde comunidades humanas, actividades productivas y grandes carnívoros puedan coexistir. La verdadera vigencia del símbolo quizá se juegue precisamente allí.
La serpiente: la vida que ocurre debajo
La serpiente parece pertenecer a otro universo. Desaparece entre piedras, entra en cavidades, se desliza junto al agua y emerge desde lugares que nuestros ojos no alcanzan a ver. En diferentes tradiciones andinas, el amaru —frecuentemente representado como serpiente y, en ciertos contextos, como criatura de rasgos extraordinarios— posee una larga historia simbólica. Representaciones serpentiformes aparecen en los Andes centrales desde miles de años antes del Imperio inca.
Su asociación con el Uku Pacha resulta casi intuitiva: la profundidad, el interior de la tierra, aquello que permanece oculto. Pero sería un error traducir ese mundo simplemente como un “infierno” semejante al cristiano. El interior de la tierra también puede ser un espacio generador. Allí están las semillas antes de brotar; allí circulan aguas subterráneas; allí permanecen los muertos y los antepasados en distintas concepciones locales. De allí puede surgir nuevamente la vida.
La serpiente, capaz además de mudar su piel, encaja poderosamente en esa idea de transformación. No representa solamente lo que termina: también aquello que puede comenzar otra vez.
Una trilogía que debemos mirar sin convertirla en postal
Cóndor arriba. Puma en medio. Serpiente abajo.
La fórmula funciona tan bien que el turismo, la artesanía contemporánea y las redes sociales la han convertido casi en un logotipo de “lo andino”. Y precisamente allí conviene ser cuidadosos. Los estudios históricos muestran que las formas indígenas de comprender el pacha son más diversas de lo que sugiere esta clasificación. Incluso la idea de un universo estrictamente dividido en tres niveles ha sido discutida por investigadores que señalan posibles reinterpretaciones ocurridas durante la Colonia.
Eso no disminuye el valor de la trilogía, la hace más interesante. En lugar de presentarla como una creencia inmutable de todos los habitantes de los Andes, podemos entenderla como una poderosa síntesis de relaciones y símbolos presentes —con variaciones— en diferentes momentos y territorios. Y entonces aparece una idea mucho más profunda que cualquier souvenir: el ser humano no ocupa el centro del paisaje, sino que forma parte de él.
Lo que tres animales todavía pueden enseñarnos
Los Andes del siglo XXI enfrentan problemas que ninguna sociedad prehispánica pudo imaginar en su escala actual: cambio climático, pérdida de biodiversidad, contaminación, transformación acelerada de ecosistemas y presión creciente sobre fuentes de agua. Frente a ellos, sería ingenuo pretender que una interpretación ancestral pueda sustituir a la ciencia, la planificación territorial o las políticas de conservación.
Pero también sería ingenuo pensar que la crisis ambiental es únicamente un problema técnico: en el fondo, implica decidir qué relación queremos tener con aquello que nos rodea. Por eso los conocimientos y las tradiciones de los pueblos andinos tienen algo importante que aportar al diálogo contemporáneo: la posibilidad de imaginar la naturaleza no solamente como una colección de recursos disponibles, sino como un entramado de relaciones del cual dependemos.
Tal vez allí se encuentre la verdadera vigencia de la llamada trilogía andina. El cóndor nos obliga a levantar la mirada. El puma nos devuelve al territorio que habitamos. La serpiente recuerda que, bajo aquello que vemos, existen procesos invisibles que sostienen la vida.
Tres animales. Tres espacios. Una misma cordillera. Y quizás una pregunta que ha sobrevivido mucho más que cualquier imperio: ¿cómo vivir en una tierra a la que pertenecemos sin olvidar que ella no nos pertenece por completo?
Referencias
- Ministerio de Cultura del Perú. Base de Datos Oficial de Pueblos Indígenas u Originarios: Quechuas. Información sobre concepciones del Hanan Pacha, Uku Pacha, Pachamama, amaru y relaciones entre distintos ámbitos del mundo. BDPI
- Wallace, Robert B.; Reinaga, Ariel; Wiemeyer, Guillermo M.; Lambertucci, Sergio A. y colaboradores. Protegiendo el símbolo de los Andes: un ejercicio de priorización a lo largo del rango del cóndor andino (Vultur gryphus). Wildlife Conservation Society, 2020. Biología y Tecnología
- Gordillo, Sandra / Instituto de Antropología de Córdoba, CONICET–Universidad Nacional de Córdoba. Culto al cóndor andino. 2020. idacor.conicet.gov.ar
- The Metropolitan Museum of Art. Serpent Ornament – Inca (?). Ficha e investigación sobre la importancia simbólica de las serpientes, sus asociaciones con fertilidad, lluvia y protección y su presencia antigua en los Andes centrales. The Metropolitan Museum of Art
- Ugarelli, Mariangela. Estudio sobre representaciones culturales del cóndor y la división entre Hanan Pacha, Kay Pacha y Uku Pacha. Estudios Humanísticos. Filología, Universidad de León, 2023. Revista Pública
- Revista Kawsaypacha: Sociedad y Medio Ambiente, Pontificia Universidad Católica del Perú. “Saber tratar bien”. Ojos de agua y relaciones humanos/no humanos en el hachado indígena de sal en la puna argentina. 2026. Revista PUCP
- Ministerio de Cultura del Perú. Documentación técnica sobre el Centro Histórico del Cusco, referencias históricas al trazado de la ciudad y la figura simbólica del puma. Transparencia Cultura



