Migración altitudinal de especies: cuando la montaña se calienta

migración altitudinal de especies

En una montaña, subir unos cientos de metros puede equivaler a viajar cientos de kilómetros hacia otro clima. El bosque se vuelve más húmedo, los árboles cambian, aparecen musgos y bromelias, el aire se enfría y, más arriba, el paisaje termina abriéndose hacia pajonales, roquedos y vegetación de alta montaña. Esa sucesión de ambientes ha convertido a los Andes en una extraordinaria escalera de vida.

Pero la escalera está comenzando a moverse. A medida que aumentan las temperaturas, investigadores de diferentes regiones de la cordillera están observando cambios en la distribución de plantas y animales. Árboles propios de ambientes relativamente cálidos aparecen con mayor frecuencia montaña arriba. Algunas aves han desplazado sus rangos altitudinales. Especies de las cumbres, en cambio, ven reducirse el espacio donde encuentran las condiciones que necesitan.

Suele hablarse de migración altitudinal de especies, aunque la expresión puede producir una imagen equivocada: un bosque no empaca sus raíces para caminar pendiente arriba y la mayoría de los animales tampoco emprende necesariamente una migración estacional hacia el frío. Lo que está ocurriendo es más lento, complejo y profundo: la montaña está reorganizando su biodiversidad.

Una escalera climática en el corazón de los Andes

La temperatura disminuye generalmente a medida que aumenta la altitud. Por eso una ladera andina puede contener, en pocos kilómetros, ecosistemas que van desde bosques cálidos hasta ambientes donde las noches son heladas.

Cada especie ocupa un determinado rango de condiciones. Algunas soportan variaciones importantes; otras están especializadas en franjas relativamente estrechas de temperatura, humedad, precipitación o disponibilidad de alimento. Cuando el clima cambia, esas franjas también pueden desplazarse.

Para una especie adaptada a temperaturas frescas, permanecer en el mismo lugar mientras el ambiente se calienta supone afrontar condiciones cada vez menos favorables. Si existe hábitat adecuado más arriba, parte de su población podría comenzar a establecerse a mayor elevación.

En las plantas, este desplazamiento ocurre generación tras generación. Las semillas llegan a lugares donde antes el frío impedía su establecimiento, mientras algunos individuos situados en las zonas más cálidas de su distribución sobreviven con mayor dificultad.

En los animales el proceso puede ser más rápido, pero tampoco es automático. Una especie puede desplazarse solamente si encuentra alimento, refugio, lugares para reproducirse y conexiones entre hábitats. Por eso decir que las especies simplemente “suben buscando frío” sirve como imagen, pero no cuenta toda la historia.

Humboldt dejó una fotografía del pasado

En 1802, Alexander von Humboldt ascendió el Chimborazo, en Ecuador, y registró cómo cambiaba la vegetación con la altitud. Su trabajo terminaría convirtiéndose, sin que él pudiera imaginarlo, en una especie de máquina del tiempo científica.

Más de dos siglos después, un equipo de investigadores regresó a la montaña y comparó las observaciones modernas con los registros históricos. El estudio, publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences en 2015, encontró importantes desplazamientos hacia mayores elevaciones de la vegetación y de los límites superiores de numerosas plantas.

Para algunas especies, la diferencia alcanzaba varios cientos de metros. El cambio climático no era la única explicación posible. Las transformaciones en el uso del suelo también habían modificado profundamente el paisaje desde los tiempos de Humboldt. Esa combinación resulta especialmente importante en los Andes: las especies no responden a una montaña intacta que únicamente se está calentando, sino a territorios atravesados por agricultura, ganadería, carreteras, ciudades, incendios y fragmentación de ecosistemas. El clima empuja, pero la posibilidad de desplazarse depende del territorio que encuentra cada especie en el camino.

Los bosques también están subiendo, aunque nadie los vea caminar

Hay otra manera de detectar esta transformación: volver durante años a los mismos fragmentos de bosque y observar qué árboles viven allí, cuáles mueren y cuáles logran establecerse. Eso hicieron investigadores que reunieron información de cerca de 200 parcelas forestales distribuidas a lo largo de los Andes, desde Colombia y Ecuador hasta Perú y Argentina.

El resultado reveló un fenómeno conocido como termofilización. La palabra parece complicada, pero describe algo sencillo: en muchos bosques de montaña están aumentando proporcionalmente las especies asociadas a ambientes más cálidos y elevaciones inferiores. No significa que un árbol adulto haya escalado la montaña, significa que el bosque del futuro comienza a estar compuesto de manera diferente al bosque del pasado.

Las especies de tierras más bajas pueden expandir gradualmente el límite superior de su distribución, mientras aquellas adaptadas al frío pueden perder individuos en las partes más cálidas de su rango. Con el tiempo, el bosque cambia de identidad. Y eso importa mucho más allá de los árboles. Cada especie sostiene relaciones con aves, mamíferos, insectos, hongos y microorganismos. Algunas producen frutos en determinados momentos; otras ofrecen cavidades, sombra o alimento. Cambiar la composición vegetal puede transformar progresivamente toda la comunidad.

Las aves que encontraron el techo de la montaña

En el sureste de Perú existe un lugar que permite observar este proceso casi como un experimento natural. Durante 1985, científicos estudiaron las aves a lo largo de un transecto del Cerro de Pantiacolla, desde aproximadamente 470 metros de altitud hasta una cresta situada a poco más de 1.400 metros.

En 2017, los investigadores regresaron. La montaña seguía cubierta por bosque primario y no había sufrido grandes transformaciones humanas durante ese periodo. Sin embargo, la temperatura media anual había aumentado, y las aves habían cambiado también.

El estudio encontró que numerosas especies habían desplazado hacia arriba sus rangos altitudinales. Entre las aves comunes capturadas mediante redes, la elevación media aumentó alrededor de 40 metros, aunque las respuestas variaron considerablemente entre especies.

El resultado más inquietante estaba en la cumbre. Varias aves que décadas atrás ocupaban exclusivamente la parte más elevada ya no fueron detectadas allí. Los investigadores describieron el fenómeno con una metáfora difícil de olvidar: una escalera mecánica hacia la extinción. Porque existe un problema elemental con subir una montaña: en algún momento, la montaña se termina.

Cuando no queda ningún lugar más frío

Una especie que vive a media ladera puede, al menos teóricamente, encontrar condiciones apropiadas a mayor altitud, una que ya habita cerca de la cima tiene muchas menos opciones. Además, las montañas suelen estrecharse a medida que ascienden. Un animal que desplaza su distribución cien metros hacia arriba puede encontrarse con una superficie de hábitat considerablemente menor.

Y existe otro obstáculo: las montañas no son escaleras continuas. Un bosque ubicado a 2.000 metros puede estar separado del siguiente bosque adecuado por potreros, carreteras, plantaciones o ciudades. Para una semilla, un pequeño anfibio o un insecto especializado, atravesar ese paisaje puede ser imposible.

El cambio climático convierte así la conectividad ecológica en una cuestión de supervivencia. Conservar únicamente pequeñas islas de biodiversidad podría no ser suficiente. Las especies necesitan paisajes que les permitan desplazarse entre diferentes elevaciones. Los corredores que conectan bosques bajos, bosques montanos y ecosistemas de alta montaña funcionan entonces como rutas posibles hacia el futuro.

No todas las especies obedecen al termómetro

Sin embargo, la naturaleza rara vez sigue una regla sencilla. No todas las especies están subiendo: algunas permanecen prácticamente en el mismo lugar y otras pueden incluso desplazarse hacia abajo.

La temperatura es solo una parte de la ecuación. La disponibilidad de agua, los cambios en las lluvias, las sequías, el tipo de suelo, la competencia entre especies, la presencia de polinizadores, la dispersión de semillas y los pequeños microclimas existentes entre quebradas, bosques y laderas pueden modificar las respuestas.

Una zona húmeda y sombreada puede funcionar como refugio climático incluso cuando el paisaje circundante se calienta. Además, las especies tienen diferentes capacidades para desplazarse. Un ave capaz de recorrer kilómetros no enfrenta las mismas limitaciones que una planta cuyas semillas caen a pocos metros, ni que un organismo especializado en una quebrada aislada. Por eso el futuro de los ecosistemas andinos no será simplemente una versión del paisaje actual situada 300 metros más arriba.

Será una reorganización. Algunas relaciones se mantendrán. Otras se romperán. Y podrían aparecer combinaciones de especies que hoy prácticamente no existen.

Conservar una montaña que necesita moverse

Durante décadas, la conservación se concentró principalmente en proteger lugares: un bosque, un páramo, una reserva, una laguna. El cambio climático obliga a añadir otra dimensión: hay que proteger también los caminos entre esos lugares. Las investigaciones sintetizadas por el IPCC muestran que los desplazamientos hacia mayores elevaciones ya están ocurriendo en montañas de distintas regiones del planeta y que las especies restringidas a las zonas más altas enfrentan riesgos especialmente elevados.

En los Andes, donde conviven una enorme biodiversidad, altos niveles de endemismo y una intensa ocupación humana, esa realidad plantea una pregunta urgente: ¿podrán las especies desplazarse con la velocidad suficiente y encontrar todavía un lugar donde vivir?

La respuesta dependerá parcialmente de la temperatura, pero también dependerá de nosotros. De conservar gradientes completos de montaña, restaurar bosques, conectar áreas protegidas, evitar que la fragmentación convierta cada ecosistema en una isla. Porque quizá dentro de algunas décadas el bosque que hoy conocemos siga existiendo en el mismo punto del mapa, lo que podría haber cambiado son sus habitantes.

En los Andes, la biodiversidad lleva millones de años aprendiendo a vivir en una geografía vertical. Ahora muchas especies vuelven a mirar hacia arriba. El problema es que, para algunas, después de la última pendiente solamente queda el cielo.

Referencias

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