El Cinturón de Fuego Andino: volcanes que destruyen, construyen y sostienen la vida

Cinturón de Fuego Andino

A veces la montaña avisa. Primero llegan pequeños temblores que casi nadie siente. Después puede cambiar la composición de los gases, deformarse lentamente el terreno o aparecer una columna sobre el cráter. En otros casos, durante décadas no ocurre nada visible. El volcán permanece allí, cubierto de nieve, pajonales o bosque, convertido en parte habitual del horizonte. Hasta que recuerda que está vivo.

Desde Colombia y Ecuador hasta Perú, Bolivia, Chile y Argentina, algunos de los paisajes más reconocibles de los Andes existen gracias a una enorme maquinaria geológica que funciona bajo nuestros pies. Nevados, conos volcánicos, calderas, altiplanos y valles fértiles son páginas distintas de una historia que comenzó mucho antes de que aparecieran los seres humanos.

Popularmente hablamos del Cinturón de Fuego Andino, aunque los geólogos utilizan con mayor precisión el término Arco Volcánico Andino para referirse al sistema volcánico asociado a la cordillera. No es una cadena continua de volcanes encendidos, sino una sucesión de zonas activas separadas por largos segmentos donde el volcanismo prácticamente desaparece. Y detrás de todo está el movimiento de un planeta que nunca ha terminado de construirse.

La cordillera nació de un choque que todavía continúa

Para entender los volcanes andinos hay que abandonar por un momento las montañas y mirar hacia el océano Pacífico. Allí, frente a buena parte de Sudamérica, la placa de Nazca se introduce lentamente debajo de la placa Sudamericana. Más al sur participa también la placa Antártica. Este proceso, denominado subducción, ocurre a lo largo de miles de kilómetros y está estrechamente relacionado tanto con el levantamiento de los Andes como con su actividad sísmica y volcánica.

La imagen de una placa simplemente derritiéndose bajo otra es tentadora, pero incompleta. Cuando la placa oceánica desciende hacia el interior terrestre, libera agua y otros componentes que modifican las condiciones del manto situado encima. Parte de esas rocas puede fundirse y producir magma. Ese material, menos denso que las rocas circundantes, encuentra caminos hacia la superficie. A veces queda almacenado durante siglos o milenios, a veces consigue salir, y entonces nace un volcán.

El proceso no funciona igual a lo largo de toda la cordillera. El Arco Volcánico Andino está dividido tradicionalmente en cuatro grandes segmentos: las zonas volcánicas Norte, Central, Sur y Austral. Entre ellas existen espacios sin volcanismo activo significativo, relacionados, entre otros factores, con cambios en el ángulo con que las placas oceánicas penetran bajo Sudamérica. USGS . Esa discontinuidad explica algo que puede resultar extraño: vivir en los Andes no significa necesariamente vivir cerca de un volcán, aunque se forme parte de la misma enorme cordillera.

Una avenida de gigantes

En el norte aparecen volcanes que forman parte inseparable del paisaje de Colombia y Ecuador. Hacia los Andes centrales, los grandes edificios volcánicos se levantan sobre Perú, Bolivia, el norte de Chile y Argentina. Más al sur, volcanes nevados emergen entre bosques templados, lagos y campos de hielo.

Algunos nombres se han convertido en símbolos territoriales: Nevado del Ruiz y Galeras en Colombia; Cotopaxi y Sangay en Ecuador; Misti, Ubinas y Sabancaya en Perú; Láscar en Chile; Villarrica y Nevados de Chillán más al sur. No todos se comportan de la misma manera. Algunos producen lava relativamente fluida. Otros pueden generar explosiones, columnas de ceniza, flujos piroclásticos o lahares, corrientes de agua mezclada con cenizas, rocas y sedimentos capaces de desplazarse por quebradas y valles.

Los Andes constituyen uno de los grandes escenarios volcánicos del planeta. Una revisión del Servicio Geológico de Estados Unidos señala que esta cordillera alberga más volcanes que han tenido actividad durante el Holoceno —aproximadamente los últimos 10.000 años— que cualquier otra región volcánica del mundo.

Pero contar volcanes dice poco sobre lo que significa vivir con ellos. Un volcán es simultáneamente montaña, ecosistema, fuente de agua, lugar cultural, atractivo turístico, territorio productivo y amenaza geológica. Esa contradicción es parte esencial de los Andes.

El día en que el nevado dejó de ser paisaje

La historia andina está atravesada por erupciones que recuerdan hasta dónde puede llegar esa fuerza. En 1600, el Huaynaputina, en el actual Perú, protagonizó la mayor erupción explosiva documentada históricamente en los Andes. Sus efectos se extendieron mucho más allá de las inmediaciones del volcán.

Siglos después, otra tragedia modificaría para siempre la manera de entender el riesgo volcánico en la región. En 1985, la erupción del Nevado del Ruiz, en Colombia, derritió parte del hielo y la nieve de la montaña. Los materiales volcánicos mezclados con agua descendieron por los cauces formando lahares que alcanzaron zonas pobladas. La destrucción de Armero se convirtió en una de las peores catástrofes volcánicas del siglo XX.

La lección sigue siendo incómodamente vigente: una erupción no tiene que ser gigantesca para convertirse en desastre. El riesgo depende también de dónde vive la población, qué infraestructura ocupa los valles, cuánto se conocen las amenazas, cómo funcionan las alertas y, sobre todo, si las personas pueden actuar a tiempo.

Por eso hoy los volcanes son escuchados permanentemente. Sismómetros registran pequeñas fracturas internas. Equipos GPS pueden detectar deformaciones de pocos centímetros. Sensores analizan gases. Satélites observan cambios térmicos y cámaras siguen la superficie día y noche.

En Perú, por ejemplo, el Centro Vulcanológico Nacional mantiene vigilancia en tiempo real sobre volcanes activos y potencialmente activos del sur del país. Chile cuenta con una extensa Red Nacional de Vigilancia Volcánica, mientras Colombia y Ecuador poseen sistemas especializados equivalentes. La ciencia no puede apagar un volcán, pero puede ayudarnos a no ignorarlo.

De la ceniza también nace un suelo

Hasta aquí parecería que los volcanes solamente amenazan la vida, pero la historia tiene otra mitad. Después de una erupción, las cenizas y otros materiales volcánicos comienzan a transformarse lentamente por acción del agua, el clima y los organismos. Con el tiempo pueden originar Andosoles o Andisoles, suelos característicos de numerosos paisajes volcánicos.

Muchos presentan alta porosidad, capacidad importante para almacenar agua y buenas condiciones para el desarrollo de raíces. Dependiendo de su composición y manejo, pueden tener un elevado potencial agrícola, aunque también presentan dificultades, como su capacidad de fijar fósforo y hacerlo menos disponible para las plantas. No es casual, entonces, que algunos territorios volcánicos hayan sostenido durante generaciones actividades agrícolas intensas.

Aquí aparece una de las paradojas más hermosas y duras de los Andes: las mismas montañas capaces de cubrir campos con ceniza pueden haber contribuido, durante periodos mucho más largos, a crear los suelos que permiten cultivarlos. El volcán destruye en horas, el paisaje reconstruye durante siglos.

Montañas de fuego que también guardan agua

Existe todavía otra conexión menos evidente: muchos volcanes andinos alcanzan grandes altitudes y forman parte de paisajes donde se acumulan nieve y hielo o donde existen ecosistemas de alta montaña capaces de regular el agua.

La relación no significa que todo volcán sea una “fábrica de agua”, ni que el origen volcánico garantice por sí mismo reservas hídricas. Pero la altura, el relieve, los suelos y las condiciones climáticas de estas montañas pueden influir profundamente en la captura, almacenamiento y circulación del agua. Los suelos volcánicos, además, suelen presentar una elevada capacidad de retención hídrica. En distintos territorios andinos esto contribuye a sistemas donde agua, vegetación y geología funcionan como partes de una misma arquitectura natural.

En los volcanes glaciados aparece una preocupación adicional. Los glaciares andinos están retrocediendo por efecto del calentamiento climático, afectando la regulación hídrica en diferentes sectores de la cordillera. Al mismo tiempo, la presencia de hielo sobre un volcán activo puede aumentar ciertos peligros durante una erupción al aportar agua para la generación de lahares. Fuego, hielo y agua conviven así sobre una misma montaña: pocas imágenes resumen mejor la complejidad de los Andes.

Vivir alrededor del volcán

Durante siglos, las poblaciones andinas no han contemplado estas montañas únicamente como objetos geológicos. Algunos volcanes forman parte de historias locales, prácticas rituales, memorias familiares y formas específicas de relacionarse con el territorio. Es importante no reunir todas esas tradiciones bajo una supuesta creencia andina única: cada pueblo ha construido relaciones particulares con determinadas montañas y paisajes.

Pero hay algo que atraviesa muchos de esos territorios: el volcán raramente es solamente el volcán. Puede ser el horizonte que orienta el regreso a casa, la montaña que da nombre a un lugar, el origen de un suelo agrícola, la cabecera de una cuenca, un atractivo turístico o la presencia silenciosa que obliga a recordar periódicamente los protocolos de evacuación.

Convivir con él exige algo difícil: evitar tanto el miedo permanente como la falsa tranquilidad. Un volcán que lleva décadas sin erupcionar no necesariamente está extinguido. Y un volcán activo tampoco significa que una erupción catastrófica sea inminente. Entre esos extremos trabaja la gestión del riesgo.

Los Andes todavía están naciendo

Miramos una cordillera y pensamos en permanencia. La roca parece lo contrario del movimiento. Una montaña da la impresión de haber estado siempre allí y de permanecer igual cuando nosotros desaparezcamos.

La geología cuenta otra historia. Los Andes continúan deformándose. Las placas siguen convergiendo. Los terremotos liberan tensiones acumuladas. El magma continúa encontrando rutas bajo algunos sectores de la cordillera. Cada erupción erosiona una parte del paisaje mientras construye otra.

Y sobre ese territorio aparentemente inestable ocurrió algo extraordinario: apareció la vida, se diversificó y aprendió a habitarlo. Bosques crecieron sobre antiguas cenizas. Humedales se instalaron entre montañas volcánicas. Comunidades cultivaron sus laderas. Ciudades terminaron observando desde sus ventanas conos que millones de años antes no existían.

Quizá esa sea la verdadera historia del Cinturón de Fuego Andino: no la de una cadena de montañas esperando entrar en erupción, sino la de un planeta vivo que destruye y construye al mismo tiempo. Bajo los Andes sigue ardiendo la fuerza que ayudó a levantarlos. Sobre ellos, mientras tanto, nosotros intentamos aprender a vivir con ella.

Referencias

  • Tilling, Robert I. Volcanism and associated hazards: The Andean perspective. Advances in Geosciences, 2009. U.S. Geological Survey. USGS Publications
  • Hayes, Gavin P.; Smoczyk, Gregory M.; Benz, Harley M.; Furlong, Kevin P. y Villaseñor, Antonio. Seismicity of the Earth 1900–2013: Seismotectonics of South America (Nazca Plate Region). U.S. Geological Survey, 2015. USGS Publications
  • Food and Agriculture Organization of the United Nations (FAO). Lecture Notes on the Major Soils of the World: Andosols. FAO, 2001. FAOHome
  • FAO. Management and use of Andosols. Lecture Notes on the Major Soils of the World, 2001. FAOHome
  • Instituto Geofísico del Perú. Centro Vulcanológico Nacional – CENVUL. Información oficial sobre vigilancia y gestión del riesgo volcánico en Perú. IGP
  • Servicio Nacional de Geología y Minería de Chile, SERNAGEOMIN. Red Nacional de Vigilancia Volcánica y alertas volcánicas. Sernageomin
  • UNESCO y GRID-Arendal. Atlas de Glaciares y Aguas Andinos: el impacto del retroceso de los glaciares sobre los recursos hídricos. 2018. UNESCO