Páramos y Jalcas: las fábricas de agua

páramos y jalcas

Antes de llegar a una tubería, atravesar una planta de tratamiento o caer desde el grifo de una cocina, buena parte del agua que consumen millones de habitantes de los Andes comenzó su recorrido mucho más arriba. Nació entre la niebla. Se acumuló lentamente entre pajonales, pequeñas lagunas, turberas y suelos oscuros de montaña. Permaneció allí durante días, semanas o meses, hasta comenzar a descender por quebradas y riachuelos hacia ciudades, cultivos y comunidades situadas cientos o incluso miles de metros más abajo.

Ese enorme sistema natural tiene distintos nombres a lo largo de la cordillera. En Colombia, Ecuador y parte del norte del Perú aparecen los páramos. Más al sur, especialmente en las montañas del norte peruano, emerge otro paisaje menos conocido: la jalca.

A simple vista pueden parecer enormes extensiones de pastos húmedos y fríos. Pero bajo esa aparente sencillez ocurre uno de los procesos ecológicos más importantes de los Andes: capturar, almacenar y regular agua. Por eso suelen recibir un nombre tan gráfico como acertado: las fábricas de agua de la montaña.

Mucho más que lugares donde llueve

Decir que los páramos “producen agua” puede llevar a una pequeña confusión, no es que fabriquen agua de la nada. Lo que hacen es algo quizás más extraordinario: reciben la lluvia, la humedad de las nubes y otras formas de precipitación y evitan que toda esa agua descienda inmediatamente por las laderas.

La vegetación y, sobre todo, los suelos ricos en materia orgánica funcionan como una gigantesca esponja. Absorben agua durante los periodos húmedos y la liberan paulatinamente cuando las lluvias disminuyen. Gracias a esta capacidad, los ríos que nacen en las montañas pueden mantener caudales durante periodos secos y abastecer ecosistemas y poblaciones situadas aguas abajo. La ciencia denomina a este proceso regulación hídrica, y es uno de los servicios ecosistémicos más valiosos de las montañas tropicales.

Los páramos cubren una fracción relativamente pequeña del territorio sudamericano, pero tienen una enorme importancia hidrológica. Se distribuyen principalmente en los Andes de Venezuela, Colombia, Ecuador y el norte del Perú, donde alimentan numerosas cuencas utilizadas para consumo humano, agricultura y generación de energía.

Se estima que decenas de millones de personas dependen directa o indirectamente del agua regulada por estos ecosistemas. La relación puede verse con claridad en grandes ciudades andinas. En Colombia, por ejemplo, el sistema de Chingaza y sus ecosistemas de páramo aportan buena parte del agua que consume Bogotá y los municipios vecinos, beneficiando a cerca de diez millones de personas. Lo que ocurre en una montaña aparentemente lejana termina, literalmente, dentro de una casa.

La jalca: la pariente menos conocida

Si seguimos la cordillera hacia el sur, el paisaje comienza a cambiar. En las montañas del norte peruano aparece la jalca, un ecosistema que durante mucho tiempo fue descrito como una transición entre el páramo húmedo del norte y la puna que domina amplias zonas de los Andes centrales.

Pero la jalca tiene identidad propia. Se encuentra principalmente en territorios altos de departamentos como Cajamarca, Amazonas, La Libertad y sectores de Huánuco, generalmente por encima de los 3.000 metros de altitud. Su paisaje está compuesto por pajonales, humedales, lagunas y suelos capaces de retener importantes cantidades de agua.

Por eso las jalcas cumplen una función semejante a la de los páramos: reciben la precipitación de las montañas, almacenan parte de ella y ayudan a regular su descenso hacia las zonas bajas.En Cajamarca, por ejemplo, estos territorios albergan cabeceras de cuenca de las que nacen ríos que abastecen poblaciones, agricultura y otras actividades humanas.

Podría decirse que páramos y jalcas son distintos capítulos de una misma historia: la historia del agua en los Andes.

La verdadera fábrica está bajo nuestros pies

Cuando observamos estos paisajes solemos fijarnos primero en la vegetación. Frailejones, pajonales, musgos y pequeñas plantas adaptadas al frío llaman inmediatamente la atención. Pero buena parte del secreto está debajo: los suelos de los ecosistemas altoandinos pueden acumular grandes cantidades de materia orgánica y agua. En algunas zonas existen además turberas y humedales que funcionan como depósitos naturales capaces de retener humedad durante largos periodos.

La combinación entre vegetación, suelo, topografía y clima permite que el agua circule lentamente. Ese detalle cambia todo. Si la lluvia descendiera inmediatamente por las pendientes, durante las temporadas húmedas aumentaría el riesgo de crecientes y erosión, mientras que durante los meses secos disminuiría drásticamente el agua disponible. Los ecosistemas de montaña ayudan a suavizar esos extremos. No son simples depósitos: son reguladores.

Cuando una esponja deja de funcionar

El problema aparece cuando estos paisajes comienzan a transformarse. La expansión agrícola, la ganadería intensiva, las quemas, la minería, ciertas plantaciones forestales, la construcción de infraestructura y otros cambios en el uso del suelo pueden alterar la vegetación y compactar o degradar los suelos. Cuando eso ocurre, el ecosistema pierde parte de su capacidad para almacenar y liberar agua lentamente.

En la jalca peruana, diferentes investigaciones han documentado transformaciones importantes del paisaje asociadas con agricultura, minería y plantaciones de especies exóticas. Estos cambios no solo fragmentan hábitats naturales: también pueden afectar la regulación hídrica de las cuencas.

Los páramos enfrentan presiones similares, y a ellas se suma un desafío que atraviesa toda la cordillera: el cambio climático. Cambios en los patrones de precipitación, aumento de las temperaturas y transformación de los ecosistemas de alta montaña pueden alterar una maquinaria natural que ha regulado el agua durante miles de años.

Proteger el agua empieza mucho antes del río

Cuando pensamos en seguridad hídrica solemos imaginar represas, embalses, tuberías o plantas de tratamiento. Todas son necesarias, pero existe una infraestructura mucho más antigua, hecha de suelo, vegetación, humedales y montaña.

Conservar páramos y jalcas significa proteger las cabeceras de cuenca, restaurar áreas degradadas, manejar responsablemente las actividades productivas y reconocer el papel de las comunidades que habitan y gestionan estos territorios. También significa entender una relación que las sociedades andinas conocen desde hace siglos: lo que ocurre arriba inevitablemente termina afectando a quienes viven abajo. Quizás allí esté la mejor manera de comprender estas fábricas de agua.

La próxima vez que abramos un grifo en una ciudad andina, podríamos imaginar por un instante el recorrido anterior. Antes de la tubería hubo un río; antes del río, una quebrada; antes de la quebrada, una montaña cubierta de pajonales, humedales y niebla.

Y mucho antes de que el agua llegara hasta nosotros, un páramo o una jalca ya estaba haciendo silenciosamente su trabajo.

Referencias

  • Buytaert, W., Célleri, R., De Bièvre, B. et al. Human impact on the hydrology of the Andean páramos. Earth-Science Reviews, 79, 53–72, 2006.
  • Mosquera, G. M. et al. The role of vegetation, soils, and precipitation on water storage and hydrological services in Andean Páramo catchments. Journal of Hydrology.
  • Ochoa-Tocachi, B. F. et al. Progress in understanding the hydrology of high-elevation Andean grasslands under changing land use. Science of the Total Environment.
  • Tovar, C., Seijmonsbergen, A. C. & Duivenvoorden, J. F. Monitoring land use and land cover change in mountain regions: An example in the Jalca grasslands of the Peruvian Andes. Landscape and Urban Planning, 112, 40–49, 2013.
  • Ministerio del Ambiente del Perú. Estado y tendencias de los ecosistemas terrestres del Perú: Jalca.
  • Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN). Páramos: importancia para la regulación hídrica y el bienestar humano.
  • UICN. Parque Nacional Natural Chingaza: excelencia en conservación que fluye entre la naturaleza y su gente, 2026.